Uno de los días más memorables de mi trabajo como cuidadora fue cuando conocí a Rocky, un beagle joven y lleno de energía. Sus dueños me advirtieron que era un poco travieso, pero nada me preparó para el día que tenía por delante.
Rocky y yo habíamos salido a dar un paseo por su vecindario, donde corría y olfateaba todo a su alrededor con gran entusiasmo. De regreso a casa, me sentí segura de que Rocky estaba listo para descansar, así que lo dejé relajarse en la sala mientras yo preparaba su comida. Sin embargo, al regresar, encontré a Rocky en medio de un «proyecto» creativo. Había encontrado el rollo de papel higiénico y lo había desplegado por toda la casa, convirtiendo el salón en una auténtica fiesta de papel.
Su carita de inocencia y la forma en que movía la cola, claramente orgulloso de su «obra», hicieron imposible regañarlo. En lugar de eso, pasé un buen rato recogiendo el papel mientras Rocky me seguía con curiosidad, como si quisiera ayudar.

Esa tarde, después de limpiar y jugar un poco más, Rocky se quedó dormido, agotado de tanta actividad. Sus dueños llegaron a casa y no pude evitar contarles la travesura del día, entre risas. A partir de ese día, Rocky y yo nos convertimos en grandes amigos, y cada vez que lo cuido, me aseguro de esconder bien cualquier objeto susceptible de convertirse en su próximo juguete.


